Fosa común


La obsesión de los fotógrafos por escrutar al sujeto humano mediante la cámara ha producido posiciones sumamente radicales y opuestas. De cualquier forma, parece haber consenso en la idea de que el rostro humano es una fuente de información en la que se sintetizan, a través del tiempo, los rasgos de la personalidad de un individuo.

 

Mientras que el retrato fotográfico es un género tan socorrido, el registro fotográfico de cadáveres por lo general se limita a la captación de éstos en determinadas circunstancias, como en el caso de la fotografía de guerra o en la documentación fotográfica de casos policiacos.

 

El proyecto Fosa común consiste en una serie de fotografías de cadáveres no identificados tomadas en las ciudades de México y Puebla. Éstas remiten a las máscaras mortuorias o a la fotografía funeraria del siglo XIX. Sin embargo, en este caso el énfasis no está puesto en el tema de la muerte, sino en el rostro humano y en la reflexión tangencial en torno al retrato fotográfico.

 

Los rostros de estos desconocidos, aunque tomados horizontalmente, se presentan de manera vertical, lo que provoca cierta ambigüedad ya que algunos de ellos parecen estar vivos.

 

Acaso el aspecto más relevante del trabajo consiste en que, en las horas siguientes al fallecimiento de una persona, los músculos faciales se relajan y el rictus se pierde, lo que en algunos casos provoca expresiones de gran placidez.

 

En esencia, el elemento fotografiado en estas imágenes es aquello que permanece en un rostro una vez que el sujeto ha perdido la voluntad sobre él, habiéndose sobrepasado de esa manera todas las barreras sociales y psicológicas. No se trata, entonces, de un retrato propiamente dicho, como un acto en el cual intervienen tanto el fotógrafo como el sujeto fotografiado. Se trata, en cambio, del registro fotográfico de una máscara mortuoria.

 

Este proyecto capta esta cualidad única de los rostros de cadáveres; rostros que dan lugar a verdaderas imágenes del anonimato, facciones que tienen y manifiestan una historia, pero que carecen ya de dueño.

 

En otra lectura, estas fotografías aluden indirectamente a la realidad social en que se producen. Los cadáveres no reclamados por familiares o seres cercanos constituyen precisamente un microcosmos en el que la sociedad se ve reflejada; son, por así decirlo, la síntesis final de lo que nuestra sociedad produce. En esta línea, una fosa común puede ser considerada como el último reducto del abandono social.

 

 

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