Joan Fontcuberta: la mentira como estrategia

 

por José Raúl Pérez (Publicado en 1997)

 

“Me gustaría ser director de la carrera de Ciencias de la Falsificación”, dice Joan con tono socarrón y, efectivamente, no habría persona alguna más digna de sustentar tan cuestionable cargo. Soñador en el fondo, escéptico en la superficie, con una labor que abarca más de dos décadas, es sin duda el fotógrafo español más importante de la actualidad, y representa una extraña amalgama -de esas que sólo muy rara vez se dan- entre el teórico y el productor de imágenes.

 

Más que un fotógrafo en sentido estricto, Fontcuberta es un creador de contextos, de actos de enunciación en los cuales el espectador se ve envuelto. Este aspecto es representativo si se toma en cuenta que su formación está más vinculada con las ciencias de la comunicación que con el arte. Este aspecto es sumamente revelador ya que, habiendo trabajado en las áreas de la publicidad y el periodismo, no es extraño que Fontcuberta se haya convertido en un profesional de la mentira –lo digo, como lo dice él, con toda alevosía–. Lo original, en este caso, es la dirección que ha tomado esa habilidad.

 

La relación de la fotografía con la verdad, su carga de realismo cada vez más puesta en duda, son acaso los temas mayormente debatidos por los teóricos de la fotografía en las últimas tres décadas. Fontcuberta se inserta en ese debate de la manera más directa y radical: no sólo como teórico, sino mediante su propia propuesta plástica, la cual plantea cuestionamientos sobre los alcances del medio fotográfico y la sujeción de éste a diversos aspectos culturales e ideológicos que lo condicionan. Queda así planteada una interrogante, a saber: ¿hablar de fotografía no es simplemente hablar de supuestos? Aun siendo esta forma de expresión la que cuenta con una mayor tradición como medio para transmitir la verdad, ¿no está sujeta de manera irremediable a lecturas que le son impuestas desde afuera?

 

John Szarkovski hablaba de la capacidad de la fotografía para comportarse ya sea como ventana o como espejo. Para Fontcuberta esta distinción tiene poco sentido, ya que sea en su función de espejo o de ventana, lo importante es que siempre se cuenta con la intermediación del cristal de la ideología, y éste se encuentra distorsionado, provocando la deformación de aquello que nos deja ver.

 

En esta especulación respecto de cómo significa la fotografía es donde entroncamos con el eje temático más claramente distinguible en la obra de Joan. Me refiero al de los mecanismos de construcción del sentido. El conjunto de su obra se plantea como un metalenguaje en el cual lo importante no son nunca los contenidos explícitos –como en casi todo el buen arte–, sino aquello que los subyace, que en este caso, como ya se ha establecido, es la especulación en torno a la manera de decir y cómo ésta incide en lo dicho, lo altera, le impone sentido más allá –o tal vez más acá– de su intención primera. Este juego de intenciones nos lleva a reflexionar a partir de esta obra respecto de la línea que divide a la realidad de la ficción, llegando a poner en entredicho la función de la fotografía como documento.

 

Es necesario, así, retomar aquella idea, ya convertida en lugar común, que nos recuerda no sin cierto dejo de ironía que el objeto de estudio de la semiótica es todo lo que nos permite mentir. En efecto, cualquier sistema de comunicación que sea apto para establecer un vínculo lo puede hacer en un sentido positivo o, por el contrario, a partir de la negación del espíritu de ese contacto, esto es, a partir de la falsedad. Fontcuberta pone énfasis en la manipulación del contexto de la comunicación, ya que las imágenes modifican su sentido por la relación que guardan con las macroestructuras sociales.

 

 

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